Reencuentros inesperados (y no deseados)

Acudes a tu cita mensual a ese rinconcito donde tantas historias humanas has conocido, tantos amigos has hecho y tantos proyectos vitales has visto truncarse. Tú llegas con tu energía, tu vitalidad y tu sonrisa y ¡sorpresa! allí está ella. Hace dos años y medio que no la ves, los mismos que han pasado desde que os encontrásteis por primera y última vez, cuando las dos érais las novatas del día y Miss Agujas os contaba un poco por encima lo que iba a ser “lo normal” en vuestro organismo durante los próximos días, semanas y meses.

Ahí está, guapísima, deslumbrante… y de nuevo con sus pañuelos. Sus rasgos destilan belleza y sus ojos tratan de transmitir esa esperanza  que le da el saber que la recaída de su cáncer de mama es leve, incipiente y está muy controlada… en su columna vertebral y en su hígado.  Pero su mano apretando tu antebrazo mientras te pregunta con una sonrisa forzada dónde puede comprar tu libro, ése que le han dicho que está siendo un éxito, te dicen que no está ni tan alegre ni tan tranquila como aparenta sentirse.

Y tú le sonríes, la abrazas como si te fuera la vida en ello. Y le dices que ahí estás, a su lado como aquel primer día de quimioterapia. Sintiendo con ella ese huracán de sensaciones. Ella se queda con tu optimismo. Tú te llevas el miedo.

Miedo. Miedo. Mucho miedo. Otra vez, no, por favor.

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